Un libro de Hágase la Luz
¿Cuándo fue la última vez que te aplaudiste a ti mismo sin que nadie te lo pidiera?
Gabriel había perdido el trabajo un jueves. Bajó las escaleras del edificio como quien desciende por dentro, entró a un supermercado sin saber bien por qué, y recorrió los pasillos con la mirada de alguien que lleva años sin preguntarse qué le gusta realmente. Se detuvo frente a la sección de fiambres. Fue entonces cuando un niño de siete años, con disfraz de dinosaurio y un moño ridículo en la cabeza, se acercó y le dijo con la seriedad científica de quien enuncia un hecho: «Tú pareces un árbol triste.» Y volvió a correr, rugiendo. Gabriel no se ofendió. Tampoco se rió. Se quedó quieto. Y por primera vez en mucho tiempo, se vio desde fuera: un árbol que seguía vivo pero había olvidado cuándo fue la última vez que floreció. Esa escena abre Felicítate de vez en cuando, de Hernán David Salazar Manrique y Matty Gabriela Robinson Guiscafré.
El libro parte de una observación que incomoda precisamente porque es cierta: nadie te enseña a celebrarte. Te enseñan a corregirte, a exigirte, a compararte. Te enseñan que el reconocimiento se merece después de lograr algo extraordinario. Pero el hecho de seguir de pie, de no haberte rendido cuando podrías haberlo hecho, de levantarte de días que no tenían nada épico: eso tampoco tiene ceremonia. Y en esa ausencia de celebración privada, algo se va apagando.
«Si no te felicitas tú mismo, seguirás esperando una ovación que no sabe pronunciar tu nombre.»
El violinista que nadie escuchó en el metro
En 2007, Joshua Bell, uno de los violinistas más admirados del mundo, entró al metro de Washington con ropa corriente y un estuche viejo. Sacó un Stradivarius valorado en más de tres millones de dólares y tocó, con toda la pasión de quien lleva décadas perfeccionando cada nota, las melodías más sublimes de Bach. Durante cuarenta y cinco minutos, cientos de personas pasaron sin detenerse. Solo algunos niños miraron con fascinación antes de ser arrastrados por sus padres. Cuando terminó, recogió las pocas monedas que le habían dejado y guardó el violín con la tranquilidad de quien entiende algo que la mayoría no ha procesado todavía. El problema no era el talento. El problema era la percepción. La gente buscaba lo extraordinario en los lugares previstos y no podía reconocerlo donde no lo esperaba.
El libro usa esa historia para señalar algo que aplica a la vida propia: hay milagros que ocurren todos los días frente a nosotros y no los vemos porque no llegan con cartel. Julián, profesor universitario de cuarenta años, pasó una noche entera sin poder dormir después de una presentación que todos le dijeron que había salido bien. Su respuesta automática era siempre la misma: «Podría haberlo hecho mejor.» Clara, enfermera de treinta y seis años, fumaba afuera del hospital a las tres de la mañana preguntándose si su esfuerzo tenía sentido. Para ella era «solo su trabajo». Algo ordinario. Nada digno de reconocimiento. Los dos tenían en común lo mismo que Gabriel: habían aprendido a sobrevivir sin haberse enseñado a vivir.
El hombre que se cayó en la ducha y se rió
Esteban tenía treinta y ocho años, una leve calvicie y una habilidad casi profesional para no emocionarse por nada. Vivía en un estado de neutralidad emocional que habría hecho llorar de envidia a un budista aburrido. Un día, su madre le envió un mensaje que decía solo: «¿Cuándo fue la última vez que te reíste fuerte, hijo?» Pasó el resto de la tarde intentando recordar una carcajada real, no de esas sociales, no de esas corteses. No encontró ninguna. Esa noche se resbaló en la ducha. No mucho. Lo suficiente para quedar desnudo, aturdido, en posición fetal, con el agua tibia cayendo como si no le importara nada. No se rompió nada. Pero se quedó ahí y dijo en voz alta: «Qué patético todo esto.» Y entonces se rió. Se rió fuerte, con lágrimas, porque el absurdo era demasiado perfecto. Y en ese suelo mojado, sin medallas ni público, por primera vez en años, sintió algo.
El libro recoge esa escena con el argumento que le corresponde: celebrar no es una consecuencia de que todo salga bien. Es una forma de mirar. Keith Haring, el artista callejero de Nueva York que pintaba en muros sucios y metros abandonados, lo dijo con una claridad que el libro recupera: «Todo es efímero. Yo solo celebro que puedo pintar hoy, porque mañana quién sabe.» Felicítate de vez en cuando no propone optimismo forzado. Propone algo más honrado: la costumbre de reconocerte en voz baja, sin necesidad de que nadie más lo apruebe, simplemente porque estar aquí ya es, en sí mismo, una hazaña que merece un aplauso.
«Todo es efímero. Yo solo celebro que puedo pintar hoy, porque mañana quién sabe.» — Keith Haring
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Felicítate de vez en cuando
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