Lo que Buda no Negó: El Encuentro entre la Fe y la Presencia

Un libro de Hágase la Luz

Buda no negó a Dios. Propuso algo más radical: que buscáramos a Dios donde siempre estuvo. Adentro.

Hay una pregunta que la humanidad lleva miles de años haciéndose de maneras distintas, con palabras distintas, en templos y montañas y cuartos vacíos: ¿qué es Dios? La respuesta que el mundo occidental heredó mayoritariamente es una: un ser externo, personal, que crea y juzga. La respuesta que el budismo propone es diferente, y en muchos sentidos más incómoda: que la naturaleza de lo que llamamos Dios no es algo separado de ti sino algo que te atraviesa, que te constituye, que es la misma conciencia que piensa estos pensamientos mientras los lees. Dios Según Buda, de Hernán David Salazar Manrique y Matty Gabriela Robinson Guiscafré, no busca convertir a nadie ni demoler ninguna fe. Propone un diálogo entre dos tradiciones que durante siglos se ignoraron mutuamente y que, cuando se encuentran, revelan más puntos en común de lo que cualquiera de sus custodios admitiría cómodamente.

No hay contradicción entre amar a Dios y meditar. No hay contradicción entre orar y practicar la atención plena. No hay contradicción entre la fe y la presencia. La única contradicción es insistir en que la verdad de una tradición excluye automáticamente la verdad de las demás.

«Buda no negó a Dios. Simplemente no habló de Dios como de un ser separado de ti. Lo que propuso fue más desconcertante: que buscaras dentro, no arriba.»

La conversación bajo el árbol de Bodhi

Siddhartha Gautama era un príncipe que lo tenía todo y que un día decidió que no era suficiente. No porque fuera ingrato ni porque el palacio fuera un lugar de sufrimiento obvio. Sino porque había visto algo fuera de sus muros, un anciano, un enfermo, un cadáver, y supo que había una pregunta que el palacio no podía responder: por qué existe el sufrimiento y si es posible liberarse de él. Se fue. Años de ascetismo extremo que casi lo matan. Hasta que llegó a algo que no era el placer ni el dolor sino una tercera cosa: la presencia pura. Sentado bajo un árbol, en un estado que los textos describen como la disolución del yo individual en algo más vasto, entendió. No en términos teológicos. En términos experienciales. Y lo que entendió es esto: que el sufrimiento nace del apego, que el apego nace de la ilusión de un yo permanente y separado, y que cuando esa ilusión se disuelve, lo que queda no es la nada sino algo que no tiene nombre pero que se experimenta como paz. ¿Es ese «algo» Dios? Depende de lo que quieras decir con Dios. Si Dios es un ser externo que concede favores y cobra tributo, la respuesta budista sería: no. Si Dios es la conciencia pura que subyace a toda manifestación, la conciencia en la que aparecen y desaparecen todos los fenómenos, entonces la respuesta budista sería: exactamente eso.

Lo que une las dos orillas

El encuentro entre las grandes tradiciones espirituales siempre revela algo que los dogmas ocultan: que en el fondo, desde adentro, la experiencia mística de quien ora con todo su ser y la experiencia de quien medita con todo su ser se parecen más de lo que cualquier teólogo admite. El silencio que encuentra el contemplativo cristiano en las noches oscuras del alma y el silencio que encuentra el meditador budista en la disolución del pensamiento son, experiencialmente, el mismo silencio. Solo que uno lo llama Dios y el otro lo llama vacío. El libro no propone que sean idénticos. Propone que la pregunta importa más que la respuesta. Que quien busca de verdad, desde cualquier tradición, acaba llegando a un lugar donde las diferencias se achican y lo esencial se agranda. Y que en ese lugar, que no tiene dirección ni coordenadas pero que todos los que lo han visitado reconocen, la distinción entre Dios según los budistas y Dios según cualquier otro dejar de ser el punto. El punto es que hay algo más grande que el ego. Y que acercarse a eso, con honestidad, cambia lo que eres.

«El problema no es qué nombre le pones. El problema es si lo has buscado de verdad. Porque quien busca con honestidad, tarde o temprano, lo encuentra. Aunque no sepa cómo llamarlo.»

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