Clic: Es Hora de Apagar el Miedo

Un libro de Hágase la Luz

No viniste al mundo a pedir permiso para vivir. Viniste a vivir sin disculparte por ello.

La vida nunca pregunta antes de ocurrir. No pide aprobación ni negocia con tus planes. Simplemente sucede. Como sucede la lluvia después del calor intenso, o esa llamada telefónica que te parte la vida en dos una tarde cualquiera. Y aun así, la mayoría de la gente vive a medias. Gente que nació con alas pero las guarda por temor a la altura. Que podría bailar, pero prefiere observar cómo otros lo hacen. Que podría decir una palabra verdadera y cambiarlo todo, pero escoge el silencio como refugio. Eso es exactamente lo que abre Clic: Es Hora de Apagar el Miedo, de Hernán David Salazar Manrique y Matty Gabriela Robinson Guiscafré: el asombro ante la idea de haber recibido este regalo irrepetible llamado vida, y gastarlo con timidez, como quien teme romper algo que de todos modos va a terminar roto.

El libro propone algo incómodo pero necesario: que no hay ningún sistema más poderoso que el miedo. No un sistema político. No un sistema económico. El miedo. El miedo educa, organiza, domestica. Te habla bajito. Te dice que tengas cuidado, que no exageres, que no seas tan tú, que no hagas olas, que no sueñes demasiado. Y tú, que solo querías vivir, empezaste a construirte alrededor de esas advertencias.

«No viniste aquí para obedecer el miedo. Viniste para abrazar el vértigo de ser humano. Porque al final la vida no se mide en años acumulados, sino en momentos donde realmente estuviste presente.»

Sebastián y el día que empezó a vivir

Sebastián tenía cuarenta y siete años cuando descubrió que iba a morir. No era una metáfora. Una mancha en la radiografía, luego una biopsia y finalmente una palabra impronunciable que anunciaba lo peor. Sebastián no era un hombre triste, pero tampoco era feliz. Era como todos: medianamente satisfecho, medianamente decepcionado. Vivía en ese punto tibio donde las cosas no duelen tanto, pero tampoco emocionan demasiado. Tenía un trabajo seguro, una esposa tranquila y unos sueños que se habían ido apagando, año tras año, en favor de la comodidad. La noticia lo impactó, pero lo que realmente lo sacudió fue lo que pasó después. Sentado en el consultorio, frente al médico que evitaba mirarle a los ojos, Sebastián se dio cuenta de algo devastadoramente simple: llevaba veinte años esperando permiso para vivir como siempre había querido. Y ahora ese permiso se había convertido en sentencia.

Esa noche no hubo grandes promesas. Tampoco despedidas dramáticas. Sebastián miró a su esposa a los ojos y le dijo una frase que nunca había pronunciado: «He vivido mal, pero quiero morir bien.» Ella no supo qué responder, pero lo abrazó. Y en ese abrazo, algo en Sebastián empezó a sanar. No el cuerpo, que ya tenía su camino trazado, sino el alma. Durante los meses siguientes, hizo lo que había aplazado toda su vida. No viajó lejos, pero volvió a pisar la arena del mar y sintió la textura de cada grano. Llamó a viejos amigos solo para decirles que los recordaba. Cocinó comidas que no sabía cocinar. Pidió perdón donde tenía deudas invisibles. Aprendió a recibir amor sin justificar por qué lo merecía. Sebastián murió un jueves por la tarde, en paz y sin resentimientos. En su funeral nadie habló de su carrera ni de sus logros materiales. Se habló de los últimos meses, de las risas que había dejado, de esos pequeños gestos que habían tocado profundamente a quienes lo rodeaban. Y uno de sus amigos dijo: «Es curioso, Sebastián empezó a vivir justo cuando supo que iba a morir.»

Fabiola y el permiso que nunca llegó de afuera

Fabiola caminaba como si el suelo no le perteneciera. Entró a la oficina con pasos de alfombra. Se sentó en la recepción apretando los papeles con fuerza. No por nervios. Por costumbre. Sus manos siempre sostenían algo. Cuando la llamaron para la entrevista, se levantó rápido, como quien interrumpe. Pidió perdón por un retraso que no existía. Pidió perdón por no saber si debía sentarse o esperar. Cada frase suya venía envuelta en disculpas, como si la palabra misma fuera un error. Había estudiado, sí. Tenía ideas. Pero las soltaba como quien lanza piedras al río esperando no hacer ruido. Entonces el entrevistador la interrumpió. No con enojo. Con desconcierto. Y le dijo, casi sin pensarlo: «Tú no viniste a buscar trabajo. Viniste a pedir permiso para existir.»

Fabiola bajó la mirada. No lloró. Pero algo dentro de ella se derrumbó. Porque era cierto. Desde niña había sido la que no molestaba, la que no preguntaba, la que hacía todo bien para no ser carga. Se había acostumbrado tanto a pedir perdón por vivir que ya no sabía cómo ocupar su propio espacio. Esa noche no escribió un currículum nuevo. No hizo planes. Solo se sentó en su cama, cerró los ojos, y dijo en voz baja pero firme: «No voy a pedirme perdón por ser yo.» Porque quizá no se trataba de que los demás la aceptaran. Se trataba de que ella dejara de pedir permiso.

«No temas equivocarte, teme quedarte quieto esperando. Tú ya eres el milagro más grande que podía suceder. Y la única señal que importa es que hoy estás vivo.»

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